Una semana que empieza como otra cualquiera, en la que lo único que tienes en la cabeza es que el día 31 toca cambiar un calendario que ha tocado a su fin y empezar de nuevo otros 365 días que tendrán la misión de mejorar los 365 anteriores. Eso era lo que yo tenía pensado allá por el día 25 de Diciembre, día de Navidad, pero no fue así.
"Todo puede cambiar en cuestión de segundos" Esa frase es la que mejor podría describir lo que fueron para mi las últimas 48 horas del año 2013.
Mi día 30 de diciembre iba a resumirse en vaguear hasta la hora de comer, ir a un centro comercial a recoger un dorsal para la San Silvestre y volver a mi casa a seguir vagueando y ver alguna película pendiente. A medida que pasaba la mañana algo me decía que estaba pasando algo raro en mi casa, mis padres actuaban de forma un tanto extraña, insistían en que hiciera cosas que normalmente no suelen insistir y sonreían demasiado. Después de comer, me dispuse a cumplir con mis deberes del día mientras mis padres continuaban actuando de forma inusual. Al llegar al centro comercial mis sospechas aumentaban, allí pasaba algo pero no sabía muy bien el que, y tras entrar en una juguetería, salir y volver a entrar a mirar no se muy bien el qué, llegó el momento, el momento en el que todo cambia delante de tus narices sin darte cuenta. Por la puerta de esa jugueteria apareció una "niña pequeña" un poco crecida ya, la misma niña pequeña que había conocido hacía ya dos años. En ese momento se te pasan muchas cosas por la cabeza y a la vez ninguna, es una sensación realmente extraña, sobre mi cara en dicho instante no voy a decir nada porque fue de cámara oculta como poco. Tras este momento empezó una tarde totalmente improvisada y que no terminaría hasta prácticamente la media noche, nuestra tarde.
Fueron poco más de 6 horas que volaron como si se tratasen de un sueño, un sueño que era muy real, con conversaciones de lo más idiotas sobre pájaros, señores y señoras que nos miraban extrañados al pasar y largos paseos por toda la ciudad hasta terminar sentados en la playa.
Al fin teníamos nuestro ansiado momento, los dos solos y una playa desierta en la cual únicamente se escuchaba el sonido del mar llegando a la orilla y nuestras voces. En ese momento vi la felicidad en su cara, la felicidad que llevaba tiempo buscando y que después de tanto esfuerzo había conseguido recuperar.
Una hora después, y una botella de agua menos, nos tocó volver a la realidad y despedirnos por unas horas. Eran las doce de la noche y todavía no sabía muy bien que había pasado ese día 30 de Diciembre de 2013, lo único que sabía era que me faltaban nueve horas para volver a verla, esta vez en la estación de autobuses.
El despertador sonó a las ocho de la mañana y para variar, no me molestó, me duché y me dirigí hacia la estación. Al girar la esquina vi como cierta persona le daba un codazo y volvía a aparecer mi niña pequeña. Teníamos cerca de media hora hasta que saliera el autobús y nos sentamos en un banco a esperar mientras comentábamos como había sido la noche posterior a nuestra tarde, por desgracias y sin darnos cuenta ya tocaba despedirse otra vez.
Se hace duro ver como la persona que quieres se sube a un autobús para alejarse cientos de kilómetros y sabes que pasarán meses hasta la próxima vez que puedas estar con ella, pero es el precio que habéis decidido pagar por vivir esto.
Y bueno, allí estaba, viendo como salía su autobús y prometiéndome a mi mismo y a ella que habría una segunda parte, no se cuando, pero la habrá.
P.D. Gracias "Papá Noel".